La industria de la inteligencia artificial se presenta a menudo como una revolución de software, en esta oportunidad el especialista en tecnología Mauro D. Ríos explora como en realidad es una pirámide invertida de dependencia física extrema.
En la base, allá arriba, están modelos como ChatGPT de OpenAI o Gemini de Google, los cuales dependen de centros de datos masivos operados por gigantes como Microsoft y Amazon para poder funcionar. Estos centros requieren miles de procesadores especializados diseñados por Nvidia, que actualmente lidera el mercado de hardware; sin embargo, ni siquiera estas empresas son soberanas, ya que dependen de fundiciones como TSMC para fabricar físicamente el silicio, un proceso que hoy enfrenta una crisis de suministro y límites energéticos sin precedentes.
Pero en el vértice de toda esta pirámide, allá abajo, y sosteniendo toda la industria, están los trabajadores de un pueblo en los Países Bajos, llamado Veldhoven. Allí una empresa ostenta el monopolio tecnológico absoluto e irremplazable del mundo de la IA.
Sin sus máquinas de litografía ultravioleta extrema (EUV), dispositivos que cuestan más hasta US$ 400 millones de dólares y requieren tres aviones Boeing 747 para su transporte, es imposible fabricar los chips avanzados que dan vida a la IA moderna. Con una precisión que permite grabar patrones más pequeños que un virus, estas máquinas se han convertido en el cuello de botella estratégico del futuro digital global, demostrando que quien controla EUV, controla el destino de la carrera tecnológica.
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