En Uruguay, cada persona genera en promedio un kilo de residuos por día. De ese total, el 75% podría volver al ciclo productivo a través del reciclaje o el compostaje. Sin embargo, la mayor parte termina en disposición final, como en Felipe Cardoso.
En el marco del Día del Reciclador y del Reciclaje, conmemorado el 1 de marzo, Soledad Chiarino, licenciada en Administración y cofundadora de Abito, empresa que desde 2018 trabaja en la gestión integral y sustentable de residuos, se refirió en Informativo Carve de Cierre a los avances, desafíos y oportunidades en materia de economía circular en el país.
Chiarino señaló que en los últimos años se ha registrado una evolución en la conciencia ambiental, especialmente tras la pandemia. “Hoy conceptos como economía circular están más instalados, pero todavía nos queda muchísimo por hacer”, afirmó.
Según explicó, del kilo diario de residuos que genera cada uruguayo, el 50% son residuos orgánicos compostables, que podrían transformarse en abono y volver a la tierra. Además, un 25% son materiales reciclables, como cartón, papel, plásticos o vidrio, y el restante 25% es lo que efectivamente debería ir a disposición final.
“La diferencia es tremenda. Hoy podría irse solamente una cuarta parte a relleno sanitario, pero en la práctica enviamos mucho más”, advirtió.
Desde la experiencia de Abito, los materiales más recuperados son cartón, nylon, papel, y PET. Trabajan principalmente con supermercados, industrias y grandes depósitos, que generan volúmenes importantes de estos materiales.
En cambio, otros residuos presentan mayores dificultades, como el vidrio o ciertos materiales espumados. En algunos casos, el reciclaje resulta más costoso que la disposición tradicional. “Hay materiales por los que tenemos que pagar para que sean gestionados correctamente, pero es parte de nuestro compromiso”, explicó.
Uno de los ejes centrales de la jornada fue visibilizar el rol del clasificador, un eslabón fundamental en la cadena del reciclaje.
Abito trabaja bajo un modelo de triple impacto, ambiental, social y económico. En ese marco, integra a clasificadores de base en condiciones formales de trabajo, con aportes sociales, seguridad laboral, uniforme y equipo.
“Se trata de dignificar una tarea que muchas personas realizaron toda su vida en condiciones precarias. Formalizar es también validar que es un trabajo como cualquier otro”, subrayó Chiarino.
Sin clasificadores, explicó, la cadena no se completa. Los residuos no llegan a las plantas de reciclaje y el sistema colapsa.
Por normativa, las empresas deben gestionar sus residuos de forma tercerizada. La diferencia, planteó Chiarino, está en cómo deciden hacerlo.
En la mayoría de los casos, la gestión sustentable implica un costo. Solo en situaciones de grandes generadores, donde el volumen permite comercializar materia prima reciclada, puede compensarse económicamente.
“La pregunta es si quieren que todo vaya directo a disposición final o si están dispuestos a comprometerse con estaciones de reciclaje, capacitación y separación adecuada”, sostuvo.
También enfatizó la responsabilidad compartida: detrás de cada bolsa que se abre en una planta de clasificación hay una persona.
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