La misión Artemis II vive este viernes uno de sus momentos más delicados, que es el reingreso a la atmósfera terrestre y posterior amerizaje en el océano Pacífico, en una maniobra que combina precisión extrema, física orbital y tecnología de punta.
Según explicó el doctor en Astronomía, Tabaré Gallardo, la nave viaja actualmente a unos 11 kilómetros por segundo (más de 40.000 km/h), una velocidad que hace imposible cualquier frenado mediante motores.
“La única forma práctica de frenar es usando la atmósfera”, señaló en diálogo con Informativo Carve del Mediodía, aludiendo a una maniobra que implica “zambullirse” de forma controlada en las capas atmosféricas para reducir la velocidad sin poner en riesgo a la tripulación.
El momento más delicado ocurrirá minutos antes de las 21 horas, cuando la cápsula experimente un fenómeno conocido como blackout, durante unos seis minutos se perderá toda comunicación con la nave.
Esto se debe a la formación de una capa de gas ionizado alrededor del vehículo, producto de temperaturas que alcanzan los 2.700 grados Celsius.
Una vez superada esa fase, la nave recupera señal, despliega sus paracaídas y completa el descenso hasta amerizar en el Pacífico, frente a la costa de California.
Uno de los desafíos clave del reingreso es controlar la desaceleración. Pasar de 11 km/s a velocidad de impacto en el agua implica una reducción extrema que, si no está bien calculada, podría ser letal para los astronautas.
En este caso, la tripulación experimentará fuerzas cercanas a 4 veces la gravedad terrestre (4G). “Si la desaceleración fuera mayor, los cuerpos seguirían por inercia y sería fatal”, explicó Gallardo, comparando el fenómeno con un choque brusco.
Una pregunta habitual es por qué la nave no reduce su velocidad antes de entrar en la atmósfera. La respuesta es energética, frenar en el espacio requeriría una cantidad de combustible similar a la utilizada para despegar.
“Las naves no se mueven con motores como un avión. Se mueven por órbitas, por gravedad. Los motores solo corrigen”, explicó el especialista.
Más allá de los resultados científicos, que Gallardo considera “menores”, el valor central de Artemis II es demostrar que es posible realizar viajes tripulados de larga distancia, en este caso alrededor de la Luna.
Este paso es clave para futuras misiones del programa Programa Artemis, que apuntan a establecer una base en la Luna, explorar recursos como agua y minerales en el polo sur lunar, desarrollar tecnología para misiones más ambiciosas.
Gallardo planteó que, aunque hoy suene lejano, en algunas décadas los viajes a la Luna podrían volverse accesibles para civiles. “Los primeros vuelos comerciales también eran prohibitivos. Hoy el uruguayo medio viaja por el mundo. No es descabellado pensar que en 50 años pase algo similar con la Luna”, sostuvo.
El eventual salto a Marte, sin embargo, sigue siendo una meta mucho más compleja. El astrónomo señaló que “las distancias, el tiempo de viaje y las condiciones hacen que vivir allí sea extremadamente complicado”.
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