El cierre de la empresa local de Darcy S.A. y su reconversión hacia un modelo basado exclusivamente en importaciones volvió a encender las alarmas sobre la situación que atraviesa la industria de la vestimenta en Uruguay. Desde la Cámara Industrial de la Vestimenta advierten que el caso no es aislado, sino parte de una tendencia sostenida de cierres de empresas, pérdida de empleo y reducción de la capacidad productiva nacional.
“Es un eslabón más de una larga cadena de empresas que cerraron definitivamente o se transformaron en importadoras”, señaló Alfredo Barboza, representante de la gremial empresarial, quien expresó además su preocupación por el impacto social que generan estos procesos, especialmente entre trabajadores de mayor edad con dificultades para reconvertirse laboralmente.
Actualmente, el sector cuenta con unas treinta empresas nucleadas en la cámara, aunque estiman que hay algunas más operando fuera de la organización. Según datos recientes, unas 7.300 personas trabajan directamente en la producción de vestimenta, pero si se suman actividades vinculadas, como proveedores de telas, insumos, maquinaria y servicios técnicos, el universo alcanza unas 20.000 personas.
En las últimas décadas la industria textil uruguaya enfrentó en cambio radical. Las grandes fábricas con cientos de empleados prácticamente desaparecieron y fueron reemplazadas por un modelo más atomizado, con pequeños talleres y trabajo domiciliario.
“Hoy muchas veces se corta en un lugar, se confecciona en otro, se colocan botones en otro y se plancha en otro más. La industria se fragmentó, pero sigue habiendo mucha gente detrás”, explicó Barboza.
El dirigente recordó que el primer gran golpe llegó con la apertura a las importaciones masivas, especialmente desde Asia. Pero asegura que en los últimos años apareció un nuevo desafío: el impacto de plataformas internacionales de comercio electrónico, particularmente Temu.
“El efecto Temu complicó aún más las cosas. Antes repartíamos la torta entre producción nacional e importaciones tradicionales; ahora apareció un tercer actor que entró con mucha fuerza”, afirmó.
Desde la cámara sostienen que el principal problema es un cambio profundo en los hábitos de consumo, donde prima el precio inmediato sobre la calidad, la durabilidad o las condiciones en que se produce la ropa.
“Hoy mucha gente compra prendas para usarlas dos veces y descartarlas. Antes se apostaba a calidad para que duraran años”, lamentó Barboza.
También cuestionó aspectos éticos y ambientales del modelo de consumo global, como trabajo infantil o esclavo, uso de químicos tóxicos y una elevada huella de carbono por el transporte internacional de mercadería. “Todo eso podría reducirse consumiendo productos uruguayos, pero mientras el consumidor mire solo el precio final, es muy difícil competir”, señaló.
Una de las principales demandas del sector apunta a las compras estatales. La cámara reclama mayor participación de la industria nacional en licitaciones públicas, especialmente para proveer uniformes y vestimenta a organismos públicos.
Según Barboza, actualmente mantienen conversaciones con el Ministerio del Interior, que lanzó un llamado internacional para adquirir unas 500.000 prendas. Asegura que la industria nacional podría abastecer al menos una parte significativa de esa demanda.
“Podríamos cumplir con unas 100.000 prendas o más, pero falta voluntad política para apoyar realmente a la industria nacional”, sostuvo.
Además, argumentó que comprar producción local no necesariamente implica un mayor costo para el Estado, si se consideran los efectos indirectos sobre empleo, aportes al sistema previsional y recaudación tributaria.
“Una persona que pasa de estar desempleada y recibiendo asistencia a tener un empleo formal deja de requerir apoyo estatal, empieza a aportar al BPS y además consume. Eso también es ahorro y recaudación para el Estado”, explicó.
Aunque desde la cámara destacan que existe diálogo con el gobierno y con legisladores de distintos partidos, advierten que sin medidas concretas el sector seguirá reduciéndose en los próximos años. “Lamentablemente, si no cambia algo, la cadena va a seguir perdiendo eslabones”, afirmó Barboza.
Sin embargo, identifica algunas señales de resistencia: nuevos diseñadores con proyección internacional, pequeños emprendimientos especializados y programas de capacitación para sostener el oficio.
Uno de ellos es el Plan Aguja, impulsado junto al sindicato e instituciones educativas, que busca formar nuevas trabajadoras en confección textil. Tras una experiencia exitosa en Las Piedras, actualmente se desarrolla en Minas. “La idea es que el rubro no desaparezca. Todavía hay gente que entiende la importancia de consumir producción nacional. Ojalá también lo entienda cada vez más el Estado”, agregó.
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